Billie/Billy

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Se puso el abrigo tras comprobar tres veces seguidas el reloj que colgaba en la pared del recibidor. Ahora tenía que hacer las cosas más de una vez, lo tenía asumido y tampoco le preocupaba excesivamente.

 

Caminaba con paso ligero, a pesar del dolor de rodilla que tenía desde hacía quién sabe cuándo. Se había acostumbrado al dolor. Incluso aseguraba a los más cercanos que, cuando no notaba nada, aún sufría más. “¡Cuando ya no duela nada no tendremos que correr!” Decía siempre apurando el café en el bar de la esquina.

 

Dejó el abrigo en la percha de la entrada y saludó a la camarera con la cabeza.

 

– ¿La mesa de siempre?

 

– Si está libre sí.

 

La sala de la calle Córcega se había mantenido intacta desde que entró por primera vez, cuando decidió que ya no necesitaba compañía para escuchar música. “Una cosa es el café y la otra es la música” decía a los tertulianos de siempre “Con la música no hay que hablar. Te sientas y escuchas, no hace falta decir nada”.

 

Se sentaba en un rincón, a mano izquierda, de cara a los cuadros y fotografías en blanco y negro. Aunque eran los de siempre, cada vez le parecía que la observaban de manera diferente. Les aguantaba la mirada en los ojos, sobre todo a Billie Holiday con aquellas flores en la cabeza.

 

Recordaba aquel otoño en Nueva York. Debían esconder por las calles estrechas y oscuras. La ciudad de las luces, la llaman. Pues en aquellos tiempos aún se podía encontrar la oscuridad que uno quería. Los besos eran escondidas, claro, estaba mal visto. Él era de quién sabe dónde. Tampoco le preguntó nunca. La gracia del misterio. De las no preguntas. Se hacía llamar Billy. “Como la Holiday” siempre decía.

 

No recordaba dónde tenía la casa. Es curioso de qué te acuerdas y de qué no. Pero en cambio la describía a la perfección. Las cortinas azules, los muebles viejos, el sofá pequeño en el rincón. Y el tocadiscos. Y la gran cantidad de horas que habían estado desnudos, fumando y escuchando a la gran Billie.

 

– No es verdad que te llamas Billy, pero ya me está bien.

 

– Como la Holiday, recuérdalo.

 

– Algún día quiero que seamos libres. Sin que nadie nos diga que hacemos o que no hacemos bien.

 

– Con buena mar todo el mundo es marinero – decía Billy.

 

– Pues no quiero ir más por mala mar.

 

– Pues escuchemos de nuevo Autumn in New York y después ya lo solucionaremos, ¿te parece?

 

Con los años, y ya no sabría decir cuál fue el motivo real, terminó casándose con quien tocaba, con quien tendría siempre buena mar. Intentó olvidarse de Billy y del apartamento de las cortinas azules. Incluso dejó de fumar, todo fuera por no tener ningún vínculo. “Los vínculos, cuando duelen, duelen más que las rodillas”.

 

Pero sólo aquí, en la sala de la calle Córcega, dejaba que el jazz le recordara aquellos momentos donde fue feliz. Porque la felicidad era auténtica, no impostada ni impuesta a la fuerza.

 

Aquí ya no hacía falta disimular. Y cerró los ojos.

 

– Hola abuelo – le dije.

 

– Hola.

 

– ¿Hace mucho que me esperas?

 

– Lo que lleva cantando la Holiday- dijo poniéndose el dedo en los labios para que me callara.

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