Primera batalla

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Llegó a casa arrastrando los pies. Dejó las llaves en el cenicero de barro que les había hecho su sobrino en la escuela. Revisó el correo que llevaba en las manos y separó las facturas y la publicidad que fue directa a la basura.

 

Se sirvió una copa de vino. Hubiera preferido tener vino blanco y fresquito en la nevera, pero por enésima vez ese mes había pospuesto la compra organizada y estructurada que tanto la caracterizaba, para ir sobre la marcha. ¿Que faltaba pan? Pues compraba. ¿Que le apetecía cenar una tortilla? Pues compraba los huevos. Nada de llenar la nevera con los alimentos pensados ​​para hacer la dieta sana y mediterránea que todo el mundo recomienda. Así pues, se tenía que conformar con el vino tinto que habían comprado para cocinar. No para beber. Pero con la segunda copa seguro que le encontraba mejor sabor. Buscó por el bolso el paquete de tabaco que tenía a medio terminar y se encendió un cigarrillo mientras hacía el primer trago al vino caliente.

 

Desengañémonos, tampoco era el vino la respuesta. Pero el problema era que no formulaba bien la pregunta, o al menos no estaba del todo segura ahora mismo.

 

Fue caminando hacia la mini cadena y rebuscó por los discos que tenían separados. Lo suyos ya los había estado escuchando mucho en los últimos días, así que fue a mirar los de él. Los fue pasando uno a uno mientras hacía tragos exageradamente grandes de la copa. Patti Smith, álbum Horses. Comenzó a sonar “Redondo Beach”. Se quitó los tacones y se desabrochó el primer botón de la blusa.

 

Sin darse cuenta comenzó a moverse al ritmo de la canción, con los ojos cerrados y la copa alzada. El ritmo reggae la rodeaba como si estuviera flotando por todo el piso. Podía permitirse unos minutos para dejar la mente en blanco y sólo bailar. Y hacia la cocina a por la segunda copa.

 

Antes de que el alcohol acabara de nublar su mente tenía que preparar la estrategia. Le quedaba menos de una hora para escuchar el repique de llaves tan familiar. Se quedó plantada allí, a treinta centímetros de la puerta mirándola fijamente.

 

Cuando empezaron a vivir hace un par de años, el piso daba la sensación de calidez sólo entrar. Los antiguos propietarios no habían dejado los muebles, pero mentalmente te podías hacer una idea de cómo organizarlo todo. No tuvieron que esforzarse mucho para crear un hogar como el que había soñado mil veces cuando era adolescente. La alfombra de rafia aquí, sólo entrar. El escritorio doble bajo la ventana, la silla amarilla por ella y la silla de madera para él. Y la mini cadena tenía su propio mueble, lleno hasta arriba de los discos que tenían. Algunos de repetidos, pero esta era la gracia. Tenían tanto en común que no había posibilidad de ninguna guerra.

 

Y ahora, inmersa en la trinchera, se preparaba para el primer y último ataque.

 

Volvió a poner la canción mientras caminaba de puntillas.

 

El plan de ataque era fácil. Le esperaría en la habitación, con la puerta medio cerrada y en silencio. Él entraría directamente a ver dónde estaba y, entonces, poniendo la cara más dura que pudiera sacar de su repertorio, le diría que se fuera. Él no querría irse, se sentaría a su lado, en la cama, haciendo que el contrapeso le acercara hacia él. Ella sólo debería mirar al frente. Nada de contacto visual o perdería. Y después de días meditándolo, no le daría una victoria tan fácilmente. Entonces, y sin perder la calma, la frase que había ensayado en el trabajo, con sus amigas, frente al espejo. Una frase rápida y sencilla: “éste es el fin”. No llevaba a confusión, carecían las dobles lecturas.

 

Pero, esta era la respuesta, ¿verdad? Es decir, ¿la pregunta que se hacía era la correcta? “¿Éste es el fin?”. Por qué perdió las ganas de esforzarse lo sabía. Por culpa de él. Porque era él el que se había dado por vencido. Porque ya no hablaban. Porque ya no cenaban juntos. Porque ya no se contaban las cosas. Porque ya sólo bajaba a comprar huevos para hacerse una tortilla por ella. Porque escuchaban música cada uno con sus auriculares. Porque se acostaban a horas diferentes. Porque en la cama ya ni se miraban. Porque cualquier acercamiento involuntario hacía que el otro retrocediera. Porque, al final, no era culpa de él. También era suya. Porque ella vio en aquel compañero de trabajo alguien con quien ir a cenar. Y él, seguramente, también lo vio con la chica del bar de enfrente del quiosco. Pero ella no pasó de la pura fantasía y seguro que él tampoco hizo nada. Porque llevaban más de tres meses con esta guerra fría, insostenible, traidora, inhumana y tan poco característica de ellos.

 

Ellos eran la envidia. Ellos eran los que la gente decía: “esto pasa poco, pero pasa”. Ellos eran los que iban a correr juntos. Los que se escapaban un fin de semana, porque sí, porque querían. Los que se sentaban en el sofá a escuchar música y se hacían masajes en los pies. Los que no se faltaban al respeto nunca. Los que confrontaban las diferencias mientras se acariciaban las manos. Los que compartían el cigarrillo. Los que cocinaban y bebían vino juntos mientras tanto. Los que aconsejaban a los amigos en cenas hasta altas horas de la madrugada. Los que no sonaban prepotentes. Los que hacían el amor y follaban cuando tocaba. Los que llevaban el café por la mañana al otro en la cama, sólo porque sí, porque uno se había levantado más temprano que el otro. Los que se reían de los chistes del otro. Los que se conocieron cuando habían perdido la esperanza y aseguraron que sí, que las mariposas no son cuentos de hadas. Que sí, que sí que pasa. Que a ellos les pasó.

 

Los recuerdos buenos y los malos se mezclaban en su cabeza. Las frases dichas a mala leche, los portazos secos, los silencios largos y el absoluto pasotismo. De esperar a que viniera temprano de trabajar a desear que la puerta no se abriera más. Y, claro, también esa sonrisa que la enamoró en la universidad. Porque él reía con toda la cara, como si fuera la última vez que lo fuera a hacer y valía la pena hacerlo épico. En las noches en las que se quedaban sentados en el banco de bajo casa su madre, sin ganas de despedirse porque aún había mucho que decir.

 

No se quisieron casar porque no eran de esos. Sus amigos iban invitándoles de boda en boda (alguno incluso repetían), y tenían en la vitrina del comedor más de una pareja de novios, de aquellos muñecos que se dan a los próximos en casarse. Y ya habían escuchado más de una vez: “los siguientes debéis ser vosotros, ¡que esto parece pecado!”. Y les hacía gracia.

 

No tenían hijos porque tenían otras cosas que hacer. Y así vivían con ganas todas las horas que tenía el día. No se tenían que levantar la madrugada a cambiar un pañal, pasar por la farmacia a por el antifebril de turno, madrugar los sábados para ir a un partido de fútbol, ​​hacer grupos de padres y preguntar qué dijeron en la última reunión en la escuela.

 

Y aun así, haciendo la vida que querían, viviéndola como querían, riendo, leyendo, hablando, escuchando música, cocinando, bebiendo, levantándose tarde los fines de semana, haciendo el amor y follando, habían llegado aquí. A dejar de ser felices. Culpa de él y culpa de ella. Culpa de los dos o de ninguno.

 

– Te puedes quedar en mi casa – le dijo Anaïs.

 

– No me pienso ir – le respondió ella mientras hacía fotocopias.

 

– ¿Y piensas que se irá él?

 

– No he pensado quién se irá.

 

– Uno de los dos se tiene que ir – le respondió su amiga con un hilo de voz para que nadie más de la oficina la escuchara.

 

– Todavía no lo he pensado – respondió de nuevo también flojo – todavía no he pensado en nada.

 

– Si lo tienes claro tienes que ser fuerte.

 

– Lo sé.

 

– Y… ¿lo tienes claro?

 

Llevaba tantos días con aquella desidia que incluso había dejado de importarle. A fin de cuentas, pensaba, es tan fácil acostumbrarse a una persona que parece mentira como te puedes despegar sin darte cuenta. Hubiera jurado que la última cosa que haría antes de irse a dormir sería mirarlo, justo a unos segundos de dormirse. Hasta el final. Y no mirar el techo, como estos últimos días, esperando a que él viniera a la cama sin molestarla.

 

Ojalá tuviera la excusa perfecta para poder victimizarse y darle toda la culpa a él. De esta manera sería mano de santo hacer que él recogiera las cosas y saliera por la puerta. Pero, en su interior, sabía que lo había dejado morir de la misma manera que él.

 

Y ahora aquí, descalza y parada en seco. Un miércoles que no sería uno cualquiera. Con la estrategia sumamente preparada. Sin mirar atrás, sin dudas ni parsimonia. Directamente al grano. Preparada para prácticamente todo. Pensando en todas las posibles frases para tener la réplica a punto si la cosa se alargaba.

 

Volvió a poner la canción, mientras se preguntaba por qué no le caía esa lágrima en pensar en el desenlace. El por qué ahora todo era tan frío.

 

Con la copa en la mano sólo hacía que repetirse la pregunta y repetirse la respuesta. Subió la música para no escucharse a sí misma. Y en medio del comedor, el último baile antes de la batalla. Manos arriba y las caderas moviéndose mientras iba de puntillas sobre el suelo frío.

 

Unas manos en la cintura le hicieron abrir los ojos. Le quitó la copa de la mano y se la terminó de un trago. La dejó en la mesilla de frente a la televisión. Sin dejar de mirarla a los ojos, se encendió un cigarrillo y sacó el humo poco a poco. No lo escuchó entrar.

 

Ella no paró en ningún momento de bailar la única canción con ritmo reggae de la Smith mientras lo miraba a los ojos. Él la miraba mientras se aflojaba la corbata amarilla. Ahora no debía aflojar. Sabía la pregunta y sabía la respuesta pero no le salían las palabras.

 

– ¿Por qué que has abierto el vino? – le preguntó él.

 

– Por no celebrar nada. Siéntate- le dijo mientras se dirigía hacia el sofá de debajo de la ventana.

 

Le tenía donde quería. Emboscada.

 

– Hace tiempo que no estamos bien – comenzó a decir.

 

– Lo sé – le respondió él.

 

Y a pesar de ser conocedora de que aquella no era la frase que tenía pensada para empezar, siguió por aquel hilo conductor.

– Tú te has rendido, ¿verdad? – le dijo ella sin mirarlo a la cara.

 

– Tú también has dejado de luchar.

 

– ¿Crees que después de estos años nos merecemos esto?

 

– No hubiera pensado que llegaría el día en que estaríamos sentados en este sofá para decirnos esto.

 

Él suspiró y se rascó la barba de más de cuatro días que se había dejado. Siempre hacía eso cuando no sabía qué decir, cuando las palabras se le hacían un nudo en la garganta. Miraba hacia el suelo, y ella se miraba los pies descalzos. Él la cogió de la mano.

 

– ¿Por dónde íbamos? – preguntó él.

 

– ¿Dónde nos hemos quedado? – le replicó ella.

 

– ¿Dónde nos hemos perdido?

 

– ¿Dónde estabas?

 

– Donde no quiero estar. ¿Dónde estabas tú?

 

– Donde tú no estabas- dijo ella. Y sí, entonces sí. Una lágrima.

 

– Ahora estoy aquí – le respondió él.

 

Ella se levantó y le ofreció las manos haciéndolo levantar.

 

– Pues bailemos – le dijo ella mientras le pasaba las manos por detrás del cuello.

 

Porque la guerra podía esperar. Porque estaba claro que ambos habían perdido esta batalla. Cuando acabara la canción, ya vería qué hacer. Porque una canción puede durar tres minutos o hacerla eterna.

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