Próxima parada: Pixies

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Pincha aquí para escuchar la canción

Subía en la misma estación de metro desde hacía aproximadamente tres meses. Podía ir a una que había más abajo de la calle, que de hecho incluso le quedaba más cerca, pero prefería el paseo por las cuatro calles de la ciudad que separaban una de la otra.

 

El invierno empezaba a hacer la primera despuntada. Ya le había dicho su madre que allí siempre haría más frío. Como siempre no le hizo caso. Menos mal que la primera maleta que se hizo mandar desde Barcelona incluía un abrigo nuevo con una nota de su madre: “ya me lo agradecerás”. No le gustaba ver que no tenía razón, de nuevo, pero ¿quién sabe más que una madre sobre el frío?

 

Caminaba con las manos en los bolsillos, sólo las sacó para ponerse bien la bufanda y colocarse los auriculares enchufados en el teléfono móvil. Los comercios empezaban a abrir las puertas, lo que le recordó que llegaba tarde. Aceleró el paso. Giró a la derecha y se saltó un semáforo en rojo. Tampoco venía ningún coche.

 

Bajó las escaleras del metro donde la gente se aglomeraba haciendo cola para picar el billete. Todo el mundo mirando hacia delante, sin observar quién tenían al lado.

 

Tenía por delante trece paradas que podía nombrarlas prácticamente de memoria.

 

Casi noventa días en aquella ciudad y no se había relacionado con nadie fuera del trabajo. Tampoco vino aquí para hacer amigos, los amigos los tenía donde los tenía. Donde se tienen las cosas que has dejado atrás. Allí, en la ciudad de las no-oportunidades. En la ciudad que siempre es igual, que ya no ofrece nada nuevo. Donde se quedó él. Donde los inviernos no son inviernos y no es necesario que tu madre te compre un abrigo.

 

No, no le hacía falta amigos. Los compañeros de trabajo eran ya suficiente para cubrir las relaciones humanas que uno está dispuesto a soportar. El “Buenos días” y “¿el fin de semana bien?” eran el pie a las conversaciones con monosílabos que llenaban el vacío de todo ser humano con la necesidad primaria de comunicarse.

 

No se apuntaba a las cervezas de después del trabajo. Los compañeros ya tampoco se lo ofrecían, cansados ​​después de la tercera negativa consecutiva. Desayunaba en su mesa. Tenía trabajo siempre, así que era la excusa para no levantar las manos del teclado.

 

 

La gente subía y bajaba del metro con el ritmo de la canción que en ese momento sonaba en el teléfono. O al menos eso le parecía.

 

Pudo sentarse tras comprobar que no había nadie con más ganas de hacerlo. Mirada al frente, sin fijarla en nada. Sólo fondo blanco, abstracto, medio dormida. Cerró los ojos y se dejó llevar por la música.

 

Un golpe en el brazo le hizo volver a la realidad. Miró de reojo a la izquierda, hacia el suelo. Unas converse sucias y medio rotas. Mientras subía la mirada comprobaba que los vaqueros también estaban rotos, pero en cambio las manos tenían una manicura perfecta. Subió la mirada hasta verle la cara. Un chico, tal vez de su edad, que también la estaba mirando. Apartó rápidamente la vista hacia delante.

 

Le quedaban ocho paradas. Miró el reloj. Bueno, llegaba tarde. Un día es un día.

 

Cogió el móvil, cansada de la misma música, y fue pasando canciones hasta llegar a los Pixies con su “Here comes your man”. Con los primeros acordes de guitarra recordó el concierto de Barcelona. No quisieron estar en primera fila porque no tenían ganas de estar todo el tiempo marcando su lugar con codazos. Recordaba como si fuera ayer la cara de él sonriendo cuando sonó esta canción. Se acercaba el dedo a la oreja y señalaba el escenario. Y ella asentía y se movía al ritmo de la música.

 

Vio como el chico de su lado empezaba a mover la pierna arriba y abajo y las manos las picaba en sus muslos. Si no hubiera sido prácticamente imposible, diría que estaba siguiendo el ritmo de la batería. Pero, ¿tenía la música tan alta como para que él también la escuchara? Se sacó los auriculares dejándolos a poca distancia de las orejas. “No, no puede ser”, pensó volviéndolos a poner.

 

Seis paradas y directa al trabajo, sin pasar a buscar el café. Ya bajaría en el descanso rápidamente.

 

El chico seguía moviéndose. Cada vez le parecía más real que estuviera escuchando la canción. Decidió mover la pierna también, siguiendo el ritmo de la batería. Iban totalmente acompasados. Como si ya hubieran practicado este baile otras veces. Mirando hacia el suelo, ella sonrió.

 

Él se levantó dirección a la puerta. No era muy alto, pero tenía una espalda ancha y pelo largo recogido con una media cola.

 

La canción terminó justo entonces. Silencio y susurro de la gente que hablaba. Y de repente, con un tono más alto:

 

– Pixies.

 

Levantó la cabeza. Sí, se lo decía a ella. Sí, estaba escuchando la canción. Sí, implicaba que la tenía a un volumen posiblemente exagerado aunque no lo creyera al principio. Sí, le sonreía a ella.

 

– Sí, Pixies.

 

– Vienen este fin de semana. Quizás ahí la volvamos a bailar.

 

Sonrió sin poder decir nada. Se abrieron las puertas y él bajó sin mirar atrás. No fue como en las películas donde una espera que él mire a través de la puerta hasta que el vagón arranca y se esconde dentro del túnel. Se marchó y punto.

 

¿Podía esta canción tomar por fin otro significado en su vida? ¿Podía este desconocido hacer que Here comes your man ya no se refiriese a aquel hombre si no a cualquier otro que viniera?

 

– ¿Qué tal el fin de semana? – le preguntó la compañera de la mesa de al lado más por cortesía que por posible interés.

 

– Éste flojo. El que viene voy de concierto. Será mejor.

 

La compañera le sonrió políticamente correcta y siguió con su trabajo.

 

Se puso los auriculares mientras se le escapaba una media sonrisa. De nuevo los mismos acordes. Le escribió un email a su madre “gracias por el abrigo, tenías razón”.

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