Réquiem para una mala puta

queen

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– Julia pidió que cuando llegara el momento no llorara nadie. Yo, ahora mismo, estoy aquí sola con un nudo en la garganta. Pero le prometí que aguantaría con la cabeza alta, así que entenderéis porque no lloro. Una promesa es una promesa.

Ya sé que a la mitad de vosotros os había puteado. Veo a Emili, hola Emili, e imagino qué debes estar pensando. Sí, te engañó y lo sabía todo el mundo menos tú. Julia intentó hacer ver que era tu culpa, ¿recuerdas? Pero no, ya sabemos que fue ella que se lo montó solita. Y aun así, todavía te quería. A su extraña manera en la que amaba a las personas. Y tú a ella, a pesar del daño que te hizo. ¡Pero fíjate qué bien estás ahora! Acompañado por Roser, y puedo adivinar una sonrisa por lo bajo. Porque a Julia se le odiaba mucho y se la quería demasiado.

Y sé por qué no ha venido Clara. Pero Julia ya contaba con eso. Lo que le hizo a Clara aún fue peor. No entraremos en detalles, tal vez no sería el momento, pero hacer perder el trabajo a alguien con rumores pasados ​​de vuelta es de ser cabrona. Y yo le dije. “Eres una cabrona”. Y ¿sabéis qué? Pues sonrió, con aquella boca mal hecha, y mientras tomaba un trago de cerveza me dijo: “ser una cabrona está sobrevalorado”. ¡Fíjate! Y se quedó tan tranquila la puñetera.

Julia no tuvo hijos. Por suerte, siempre he pensado. No hubiera sido buena madre. Bebía mucho, decía palabrotas y llegaba siempre tarde a casa dejándose caer en el sofá. Se levantaba por las mañanas con la boca pastosa, con el maquillaje corrido y lo primero que hacía era encenderse un cigarro, en bragas, y corría las cortinas para que el vecino de al lado la viera desnuda. “Es una alegría que le doy al pobre pervertido” reía. A mis hijos tampoco los quería ver nunca. “No me gustan los niños, ¡ni los tuyos!” Cuando tuve a Octavi me preguntó: “¿Hasta que no dejes de darle el pecho significa que deberé beber sola?” Pero no se lo tuve en cuenta. Porque cuando bajaba con el cochecito a la plaza, ella fumaba apartando el humo. Y eso ya era un qué. Aunque ni se lo mirara.

Fue de hombre en hombre hasta Emili, hola de nuevo Emili, e incluso entonces siguió con su ritmo de vida frenético, sin agenda, sin precauciones, sin conciencia moral. Haciendo daño. Y apuesto a que no lo hacía expresamente. Lo siento Emili, seguro que a ella también le sabía mal. Pero nuestra Julia siempre ha sido igual. Por mucho que tú pensaras que no.

Quiero aprovechar para saludar a su padre. Hola Antonio. Julia siempre me decía que te tenía devoción, aunque no te viniera a ver nunca. Hablaba de ti durante las mil cervezas que nos habremos tomado en todo este tiempo. “Un ejemplo a no seguir” me decía. Y es que hacer de madre y de padre a la vez no es fácil, ya lo sé. No te tenía en cuenta lo malo. Fíjate que al final se te parece más de lo que habrías imaginado. Ni ella se lo pensaba.

Los que habéis venido hoy aquí es porque Julia os ha marcado. La habéis odiado y la habéis amado a partes iguales. Os ha decepcionado, os ha engañado, os ha mentido, os ha roto el corazón, os ha hecho acabar la paciencia. Y a algunos, como yo misma, nos ha dejado un vacío que será imposible de llenar de nuevo. Julia era de extremos. No valían las medias tintas. Y ahora que no está, no sé cómo llevarme el golpe que será salir por esa puerta y ver que el mundo sigue igual. Que todos nos iremos a casa, donde nuestra vida seguirá con o sin ella.

Y si me permitís la licencia de que hable de mí, lo haré. Estoy aquí arriba porque nadie más ha querido estar. Porque Julia me lo pidió. “Di lo que te dé la gana, lo que se te pase por la cabeza, no me levantaré para contradecirte” me dijo ese día en el bar. Querida Julia, qué gris imagino el resto de mi vida sin ti. ¡Qué aburrida! Sin tus llamadas donde sólo hablabas tú. Sin tus consejos salvajes. Sin tu sonrisa mal hecha. Sin escuchar tu voz rota. Sin las noches en el bar de la plaza. Sin tus historias surrealistas.

Julia. La mujer que no lloró nunca. Ni con la muerte de su madre. Ni con la muerte de su hermana. Ni cuando a ella le dijeron que padecía lo mismo que ellas. Ni cuando le prometieron menos de dos meses de vida. Hizo de tripas corazón y sólo me llamó para decírmelo. Para quedar en el bar. Para dejar preparado esto que estoy diciendo ahora. Para decirme que ella había hecho lo que quiso. Y al final, ¿quién quiere vivir para siempre? Escuchemos ahora a Queen. No se me ocurre mejor manera para recordarla.

Nos vemos pronto, mala puta. No sabes lo que te echaré de menos.

 

Calló un momento.

– ¿Qué te parece? – le preguntó  Raquel.

 

– ¿Y todo esto lo podrás decir sin llorar? – preguntó Julia mientras se rascaba la nariz.

 

– Esta es la idea.

 

– Pues me parece cojonudo. Seguimos. Encarga tú la corona de flores. Quiero una bien grande, como si se hubiera muerto la puta reina de Inglaterra.

 

– ¿Y qué quieres que ponga? – dijo Raquel mientras encendía un cigarro.

 

– ¡Ojalá te pudras en el infierno!

Y las dos rieron tan fuerte que se giraron todos a mirarlas.

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